El espíritu de la Bauhaus

josé baena ROJAS

José Baena Rojas.

Después  de la primera Gran Guerra, con cerca de nueve millones de muertos, se plantea, de nuevo,  la relación entre la industria y la sociedad, alejada, quizás, la vieja idea de considerar a las máquinas y al militarismo como instrumentos de emancipación espiritual.

Fue, en este tiempo, cuando  Walter Gropius, pudo realizar su sueño de crear una “República de intelectos” en la pequeña ciudad de Weimar, en Thuringa.

En 1919, en abril, fue creada la Bauhaus, con el espíritu de transformar o mejor inaugurar una nueva forma de enseñanza. Crear un nuevo tipo de artista para una sociedad nueva:

“¡Arquitectos, escultores, pintores, todos hemos de volver al artesanado! No existe un arte profesional. No hay ninguna diferencia entre artista y artesano”.

Gropius quería un arte al servicio de la vida, y hacía aprender a los alumnos las distintas técnicas, les hacía conocer los distintos materiales para después incorporar estos conocimientos a la producción industrial.

En la Bauhaus reinó la variedad,  un espíritu expresionista y algo de cierto “halo” profético, casi místico, que tiene que ver mucho con una comunidad de fe.

En 1920  se incorporarán nuevos profesores: Oskar Shlemer, Paul Klee;  en 1921: Wassily Kandinsky;  más tarde Laszlo Moholy-Nagy. E incluso,  en 1925, cuando se traslada la Bauhaus a Dessau,  Mies Van Der Rohe.

Se trabajaba la pintura, la cerámica, el grabado, el mueble, los tejidos, el jazz, el teatro de diseño.

Combatida la escuela tanto por Hitler que la consideraba bolchevique y judeizante, como por Stalin que  la condenaba por ser heredera del formalismo burgués y contraria al verdadero realismo socialista; su espíritu que pretendía un nuevo modelo de artista imbricado en la sociedad, comprometido con ella moral y formalmente, no dependiente de la economía si no está subordinada al arte; crea un nuevo espíritu artístico más unido al hombre real,  más incardinado en la vida y en todas sus manifestaciones, que es el inicio de una nueva mirada, más allá del aliento lúdico de las vanguardias.

Su espíritu, su concepción del arte y el papel protagonista de la arquitectura como transformadora y ordenadora de la ciudad, y ser los pioneros del diseño, perdura aún hoy. Más todavía, traspasan las vanguardias y se instalan en el lenguaje del arte de fin de siglo.

El deseo de romper límites, de no abrazar  ninguna concepción artística concreta y el incorporar al espacio vital una liturgia de luz, formas y ambientes, podían y debían contribuir a un vivir más feliz, más humano, haciendo culto a la belleza como una nueva concepción ética, la ética de lo bello. Esta máxima  parece rescatada del espíritu de  la Bauhaus.

No es un nuevo hombre, una nueva ordenación del espacio vital y de los objetos que se relacionan con el hombre en su vida diaria. Es un mundo nuevo que exige una nueva visión, un diálogo distinto, más amplio, más universal.

El papel cada vez más importante como es la impregnación de la tecnología en la vida, exige una mirada nueva. Romántica, quizás, porque nuestra memoria histórica nos lleva a esa relación, pero en todo caso a un romanticismo distinto.

Visto de lejos, bajo la luz de la luna, el Polo Químico de Huelva, se diría que imita a la catedral gótica que Feininger utilizara como manifiesto de inauguración de la Bauhaus.

Aquella catedral del futuro preconizó esta hiriente y “estética” catedral del presente. Nunca mejor símbolo. Ahí está el nuevo hombre:  el obrero; el  nuevo sacerdote: el técnico Ingeniero; el nuevo lenguaje: el entramado laberíntico del hierro que se retuerce entre onírico y abstracto buscando la forma indescriptible de la belleza práctica.

Allí está el nuevo Dios:  el progreso que trae el pan en el cáliz de la destrucción, y la sangre derramada como fruto del sacrificio del hijo inmolado en la cruz de la eficacia, de lo práctico, de lo funcional.

Aquí es necesario recordar lo que decía Benjamín: “ El arte de la pobreza”.

Esta contradicción,  que algunos llaman ambivalencia  de las vanguardias, se hace patente en el espíritu de la Bauhaus.  La visión  de Gropius, basada en la utopía de un nuevo arte totalizador, que impregnara en la vida y en la sociedad, que fuese compañero de viaje permanente.  Una visión del arte que era, al mismo tiempo, conciencia de una crisis duradera, una continua revisión del pasado y del presente y una aspiración de nuevo futuro bajo nuevos parámetros en el diálogo entre sociedad, arte y poder.  Un diálogo que refleja la duda, la certidumbre, las contradicciones que aquejan al propio hombre.  Lucha desesperado entre lo racional y lo irracional, entre lo concreto y lo abstracto, entre lo posible y lo imposible, entre la naturaleza y lo artificial.

La Bauhaus supuso un replanteamiento, no sólo de la metodología de enseñanza, sino la propia concepción de la vida y de sus valores; un replanteamiento de la función social del artista en una visión más globalizadora.  La importancia de la arquitectura, de la crítica, de la filosofía, del diseño… en un intento de atravesar la frontera de la mediocridad, de los viejos y empolvados trajes.

La creación y el amor por la belleza son elementos primordiales para la felicidad. Cualquier persona o civilización que niegue esta verdad básica, que articula el alfabeto visual, no tendrá perfiles claros y sus manifestaciones no llegarán a deleitarnos.

Walter Gropius

JOSE BAENA ROJAS

Punta Umbría

 

 

 

 

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