Huelva quiere cargarse su Joya

Manuel Bendala Galán

Me llega el zumbido insoportable de las sirenas de alarma activadas en la ciudad de Huelva ante el descalabro de una parte destacada de su patrimonio ciudadano, de sus señas de identidad cultural e histórica. Un proyecto urbanístico en marcha, aprobado en el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU), atenta contra un referente principal del paisaje de la ciudad, el Cabezo de la Joya.

No se trata, aunque así lo parezca, de una pequeña colina abandonada en medio del caserío de Huelva, sino de una de las importantes elevaciones, en el ámbito casi isleño de la ciudad de Huelva, desde las que se edificó la excepcional estructura ciudadana de Onoba, la ciudad originaria. El cabezo de la Joya fue la altura sagrada en la que la aristocracia de los primeros onubenses dio cobijo eterno a sus muertos, en tumbas que, pasados los siglos, fueron excavadas cuidadosamente con la recuperación de los más extraordinarios ajuares funerarios del pasado hispano. En ellos se veía confirmada la idea de que la antigua Onoba fue un centro principal -para algunos el que más- de la célebre civilización de Tarteso.

Los cabezos de Huelva, tan bien conocidos ya en su importancia y sus valores históricos y patrimoniales, son mucho más que anécdotas formales, más o menos curiosas, en el perfil de la ciudad, son elementos determinantes de su paisaje urbano, referentes incuestionables de su personalidad ciudadana. En el congreso internacional sobre Tarteso celebrado en Mérida el pasado mes de noviembre, Juan Campos, catedrático de Arqueología de la Universidad de Huelva, explicó magistralmente el proceso formativo de la ciudad. Bien conocida la paleotopografía de la zona, la pequeña península entre el Tinto y el Odiel, que se proyecta a la ría por el sur hasta el sector donde se hallan las suaves alturas de los cabezos, fue asiento de una importante población en la Edad del Bronce, sobre todo en los terrenos más tierra adentro; hacia fines del segundo milenio y los comienzos del primero, la población se concentró en el sector meridional, donde se elevan suavemente los cabezos, para acercarse al mar y a los navegantes que llegaban desde el Mediterráneo oriental atraídos, sobre todo, por la riqueza minera de la retrotierra, una oleada que pronto monopolizarían, casi, los diligentes fenicios. Los cabezos proporcionaban un acomodo seguro junto al mar, desde los que podía controlarse el entorno y estar a buen recaudo en caso de peligro.

En un lugar privilegiado, pues, para los contactos por vía marítima con todo el mundo conocido entonces, al amparo de los cabezos y cerca de los veneros metalíferos a los que todos miraban, cobró cuerpo una comunidad multiétnica cohesionada y articulada en torno a un proyecto de acción colectiva de rango urbano que sería la ciudad de Onoba. El peso creciente de la gente venida del Mediterráneo se reflejó en cómo dispusieron sus construcciones y los muros que aseguraban la fortaleza y la idoneidad como lugar de habitación en cabezos como el de San Pedro; o en el elaborado y costoso ritual funerario con que honraban a sus muertos las familias principales, depositados en tumbas ubicadas en lugares privilegiados, como el cabezo de la Joya, convertidos en referencias para la memoria y el prestigio de la comunidad y sus dirigentes.

El hecho es que esos usos y adaptaciones transformaron el paisaje natural en paisaje cultural, proyectando la ciudad en una urbe construida, con rasgos y características derivadas de la personalidad del colectivo urbano y, sobre todo, como era común, de sus dirigentes. Subrayó Aldo Rossi, en su obra fundamental L’Architettura della città (Milán, 1966), que la ciudad material, “construida”, acabaría por ser una decantación esencial de la comunidad urbana que la gestionaba y habitaba, en la que buscó acomodo y referentes tan fundamentales que se convirtió en su correlato más sustancial y reconocible. Está bien constatado históricamente cómo se establecía una íntima relación entre la ciudadanía y la ciudad construida, con centro en la urbe, con nexos tan sólidos que son sólo entendibles en términos de ecosistema. Y en esto resulta del máximo provecho recordar la caracterización aristotélica del urbanita como zoón politikón, “animal político” (de polis, ciudad), que hace perceptible la estrecha relación de dependencia entre la comunidad ciudadana y su ciudad material, como lo es la de cada especie animal con su ecosistema. Es la conciencia de una vinculación que vigila la nueva ecología cultural, atenta a la preservación y el respeto a los valores patrimoniales ciudadanos, que incorporan artificio y naturaleza en el complejo cosmos territorial urbano.

El problema desatado en Huelva, como en tantas otras ciudades históricas, deriva del desconocimiento de algunos de sus dirigentes y promotores de su necesaria renovación urbana de los valores patrimoniales y ecosistémicos del paisaje urbano. Y Huelva, por su importancia cultural e histórica, no puede dar la espalda a una prestigiosa memoria que sigue viva en la ciudadanía y presente aún en su maltratado paisaje urbano; una memoria con fructíferas raíces en la ciudad originaria, unida al nombre de Tarteso y asentada principalmente, como acreditan los hallazgos arqueológicos, en los cabezos. Para todos los onubenses, entre los que me incluyo como hijo de una familia de la provincia y muy vinculado a la capital, Huelva es la ciudad de los cabezos, la ciudad marinera y minera que tiene en sus característicos cabezos un recordatorio eficaz y permanente de su personalidad ciudadana, de su milenaria y prestigiosa solera. Cómo no recordar los casos similares de la Roma de las siete colinas o de las alturas de la Acrópolis y del Areópago de Atenas.

No acierto a explicarme que en Huelva pueda abordarse un proyecto de renovación urbana que precisamente ocupe y oculte con cuatro grandes torres de pisos uno de sus principales cabezos, el más sagrado en la antigüedad y el más notorio culturalmente por la excepcionalidad de las tumbas halladas en él, cuyos ajuares hermanan a sus destinatarios a los grandes aristoi que forjaron el nacimiento de las más prestigiosas ciudades de la Antigüedad, en Grecia, en Italia, en Chipre, en Siria y Fenicia, en la costa norteafricana… Muchas ciudades históricas de nuestro ámbito cultural han concebido en nuestro tiempo su renovación, su proyección de futuro, mediante una vigorosa apuesta por la recuperación de su personalidad ciudadana con la puesta en valor de su patrimonio histórico y cultural. Mírense en España los casos de Tarragona, de Mérida, de Cartagena. Esta última, abatida modernamente por el hundimiento de bastantes de sus fuentes de energía social y económica más importantes, ha resucitado de sus cenizas, como un ave fénix, recuperando el teatro romano, oculto por un barrio degradado en la ladera de la colina de la Concepción, y la colina del Molinete, que fue sede de la fortaleza y el palacio de Asdrúbal, convertido en un cuidado parque arqueológico. Se ha rejuvenecido el semblante de la ciudad y se ha revitalizado social y económicamente al reclamo turístico de su atractivo patrimonio histórico y arqueológico.

No hace falta argumentar lo bien que vendría a Huelva un reforzamiento de su vitalidad urbana, para lo que cuenta con una historia y un patrimonio cultural e histórico excepcionales. Y no basta con pensar, como se está haciendo, en un nuevo museo, que ponga más en valor las piezas muebles de su patrimonio histórico y arqueológico. Hoy día la valoración del patrimonio ha de atender inevitablemente a su contexto, al paisaje cultural que lo explica. La importancia arqueológica de la Joya ha de ponderarse no sólo desde las vitrinas de un museo, donde se hallan sus ajuares incomparables, sino pregonarse desde el cabezo mismo.

Ojalá se esté a tiempo de llevar el proyecto de construcciones que ahora lo amenaza a otro lugar y se ponga en marcha el de hacer en él un parque arqueológico que sea el orgullo de los onubenses, como lo fue de sus antepasados de hace casi tres mil años, y concite la visita al lugar y a la ciudad de tantos interesados en disfrutar de Huelva, más allá del jamón, los chocos o la gamba blanca. Huelva tiene una oportunidad única de incentivar su alta participación en la industria principal del turismo mediante su elevación a turismo cultural de alto rango.

 

Manuel Bendala Galán
Catedrático de Arqueología (jubilado) de la Universidad Autónoma de Madrid, Doctor honoris causa por la Universidad de Huelva. Hijo adoptivo de Cartaya

Sé el primero en comentar...

Escribe una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada.


*