
Es un animal salvaje en la pista. Su juego agresivo y su grito de guerra (sin obviar su incuestionable calidad), son capaces de intimidar hasta al 1,80 de la india Sindhu, que pese a firmar un partidazo este pasado viernes, no le quedó otra que rendirse ante la más grande del bádminton en estos momentos.
Viendo a Carolina Marín luchar en la cancha cada punto con esa garra, ese coraje, esa fuerza, esa mentalidad, esa potencia que agota hasta al espectador que la observa desde el sillón de su casa, resulta casi impensable suponer que es humana. Pero Carolina también llora, y este viernes lo hizo desconsoladamente y pletórica de felicidad. Lloró tras su último punto, al arrojarse sobre el piso de la pista. Estaba exhausta y tuvo que acudir hasta ella su entrenador y «creador de la criatura», Fernando Rivas, con el que se fundió en un abrazo que lo decía todo: ¡misión cumplida! El mismo abrazo, o muy parecido, con el que le premió la derrotada, sucumbiendo así a la calidad de la onubense.
Y lloró Carolina, con una emoción que no pudo contener (ni falta que hace), mientras sonaba el himno de España y se erguía nuestra bandera en lo más alto del mástil, a la vez que ondeaba alguna de Huelva desde las gradas. Lágrimas de oro como premio no sólo a un partido, o a los cuatro que ha disputado en estos Juegos (tres de ellos sin apenas despeinarse y cediendo un único set ante la india). Las lágrimas de ayer eran la recompensa a tantos años y esfuerzo, a tanto sacrifico, a tanto tesón, a tanto empeño por ser la más grande. «Lo importante es lo que hay detrás de esta medalla», dijo la campeona en una de las muchas entrevistas que la hicieron tras el partido.

Lo que parece evidente es que la medalla olímpica que se colgó este viernes vale mucho más que unos Juegos. Primero, porque la deportista onubense pasa a la historia como la única jugadora no asiática que consigue este preciado metal olímpico en la historia del bádminton femenino. Segundo, porque se alza con la triple corona tan difícil de conquistar: campeona de Europa, campeona del mundo y campeona olímpica. Y tercero, porque se confirma que, hoy por hoy, la de Huelva es la reina de un deporte muy minoritario, pero que nada tiene que envidiar a otros tan adorados como el fútbol, donde se manejan cifras astronómicas y, permítanme la expresión, inmorales en muchos casos.
Yo no sé si Carolina tiene algún listón más que superar en su vertiginosa carrera deportiva, después de ganarlo todo. Pero si no lo hay, seguro que se lo inventa. No es casualidad que su ídolo deportivo sea Rafa Nadal. Viéndola jugar ayer, con ese arrojo y esa potencia física, me recordó a uno de los tenistas más grandes de todos los tiempos. ¡Vaya par de dos!
Los Juegos de Río llegan a su fin. Se hará balance del papel de nuestros deportistas. Se opinará sobre el número de medallas conseguidas, que siempre se nos antojan insuficientes. ¡Qué fácil parece todo desde el salón de casa! Hay mil imágenes para recordar, de éxitos, de fracasos, de hazañas deportivas, de superación, de compañerismo… De esas mil imágenes, doscientas, al menos, son de Carolina. Ya sé que no soy muy imparcial, pero me puede la vena choquera.
Y sobre todo, me quedo con la imagen de las lágrimas de Carolina, que son las lágrimas de Huelva, las lágrimas de España. Porque ayer lloramos todos, y llorar de felicidad en los tiempos que corren es todo un lujo que, en esta ocasión, debemos agradecer a una de las deportistas más grandes que ha parido España. Y además… ¡es de Huelva!


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