
Aunque se está castigando mucho a Pedro Sánchez y al PSOE, en honor a la verdad, hay que decir que ellos no son los causantes del círculo vicioso en el que hemos entrado en España desde las elecciones del 20 de diciembre del año 2015. El problema se ha generado por una perversa aritmética parlamentaria que ha dejado atrás el bipartidismo y sin el posible apoyo o abstención de partidos nacionalistas, que aunque lo decían con la boca chica, no se habían tirado todavía al monte desafiando al Estado Constitucional de una manera tan directa como rectilínea. Cualquier partido que quiera gobernar España no puede contar con ellos porque el precio de cualquier pacto sería demasiado caro, vamos imposible de sacar adelante y de que te lo refrenden internamente los propios órganos del partido.
Por ello este partido se juega entre los dos únicos partidos que sumando forman mayorías para gobernar. El problema es que permanecen anclados en los viejos conceptos de las izquierdas y las derechas que forman parte del términos ideológicos que se quedaron en el siglo XX. La sociedad actual decide su voto por otras muchas más motivaciones. Y no digamos los jóvenes, que no saben que existían «dos Españas que terminarían por helarte el corazón». Quieren salidas profesionales y confían más en los valores solidarios y del voluntariado que en la militancia de los partidos clásicos. Por eso han irrumpido en el marco tradicional político Podemos o Ciudadanos, como en un futuro no muy lejanos veremos crecer al Partido Animalista y puede que hasta algún predicador con mucha labia (basta ver lo que está pasando en Estados Unidos con Trump).
Siempre hemos mantenido que subiera o bajara en votos y escaños, el PSOE decidiría el Gobierno. Cuando se baja hasta los 80 escaños, más que partido de Gobierno se termina siendo partido bisagra. Ser bisagra es difícil con ser también oposición. Y toda oposición siempre debe poder presentar una alternativa, según el sistema parlamentario español, que recoge tanto la sesión de investidura como la moción de confianza o moción de censura. A Pedro Sánchez y su equipo le toca jugar con la carta más fea de la partida porque sólo caben tres salidas posibles. Investidura de Rajoy, conformar una alternativa para una nueva investidura pero de Pedro Sánchez. O elecciones generales, las terceras en un año. Es que no hay más opciones. Y le toca decidir al PSOE porque como partido político le va mucho en juego de cara al futuro. A Pedro Sánchez, que nada mas se forme Gobierno por Rajoy, tiene que convocar el Congreso aplazado por los socialistas en el que se va a decidir si sigue o no como secretario general, las dos opciones que mejor le vienen son la segunda y puede que hasta la tercera, que es volver a darle una patada al balón hacía adelante por si se diera otra composición parlamentaria y en la confianza de que su figura como dirigente ya haya tocado suelo en los comicios del 26 de junio. A partir de que se vote la investidura de Rajoy, salvo una ‘histórica’ fuga de votos aprovechando que la votación es secreta, Pedro Sánchez tiene menos de dos meses para decidir. No nos gustaría estar en su pellejo, pero sí sería recomendable, por lo que se juegan las siglas históricas del socialismo español, que también otros dirigentes se terminaran ‘mojando’ de una vez porque este círculo vicioso en el que entramos es peligroso para todos, pero especialmente para el PSOE. Si hay que esperar a los resultados de las elecciones gallegas y vascas (que pueden actuar de termómetro) pues se espera. Conste que las tres opciones son malas y no permiten mirar para otro lado y hacer política de ‘avestruz’, porque lo quieran o no le vas a tocar decidir. Y eso también es gobernar.


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