El obispo de Huelva ha celebrado la Misa Pontifical de Pentecostés en la parroquia de la Asunción de Almonte

Homilía del obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, en la Misa Pontifical de Pentecostés en Almonte

En la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Almonte el obispo de Huelva ha celebrado hoy la Misa Pontifical de Pentecostés

En la parroquia de nuestra señora de la Asunción el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, ha celebrado la Misa Pontifical de Pentecostés.

Tras los saludos al señor Presidente y a los miembros de la junta de gobierno de la Hermandad Matriz de Almonte, a la señora Camarista, a los presidentes y representantes de las hermandades filiales y de los grupos y hermandades de la parroquia, ha dado las gracias por su presencia a la señora alcaldesa de Almonte y a las demás autoridades y al resto ha saludado con afecto. También dirijo un saludo muy especial a los enfermos y ancianos, y a todos los devotos de la Santísima Virgen del Rocío que en las actuales circunstancias sanitarias os unís a esta celebración a través de la radio, la televisión y las redes sociales.

Pentecostés junto a la Virgen del Rocío

A los cincuenta días de la Resurrección del Señor, en este Domingo, el último día de la Pascua celebramos la efusión del Espíritu Santo, que se manifiesta, se da y se comunica como persona divina.

“Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar” (Hch 2,1). Antes nos ha dicho el libro de los Hechos quienes eran los reunidos: los Apóstoles.

Además, en aquel grupo estaba también “María, la madre de Jesús” (Hch 1,14). La Iglesia de entonces como nosotros somos conscientes de que Jesús es el Hijo de María, y que ella es su madre, y como tal era, desde los primeros momentos de la concepción y del nacimiento, un testigo singular de Jesús. Nadie como Ella conoció los años de la infancia de Jesús y de su vida oculta en Nazaret, cuando “conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2,19).

“Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas” (Hch 2,3): el fuego simboliza la energía transformadora, es el fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a “hablar de las grandezas de Dios” (Hch 2,11).

Nosotros hemos pedido en la primera oración de la Misa: “realiza ahora también, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que te dignaste hacer en los comienzos de la predicación evangélica”.

Un aspecto de la actividad del Espíritu Santo dentro de la comunidad cristiana consiste, sobre todo, en abrir siempre de nuevo el sentido de la revelación acontecida en Jesucristo, nos “guiará a la verdad plena” (Jn 16,13).

El Espíritu Santo, hoy como ayer, nos introduce en una relación más personal e íntima, en una comprensión mejor y más honda del mensaje y de la persona del Señor Jesús. Somos guiados “a la verdad plena” por diversos caminos: a través de la lectura asidua de la Sagrada Escritura, “pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”; en la liturgia, tan llena del lenguaje y de la acción de Dios; en la oración, en la que se realiza el diálogo de Dios con el hombre, pues “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras”. (Dei Verbum, 25), en el ejercicio de la caridad con los hermanos.

En definitiva, nuestra condición de cristianos nos hace discípulos de por vida, instruidos permanentemente por el Espíritu Santo que recibimos.

Caminar según el Espíritu

El Espíritu Santo nos guía en el camino de la vida según Cristo, el dulce huésped del alma nos inspira, conduce, rectifica y fortalece en este Camino.

El “camino”, ¡Qué abundancia de experiencias entrañables encierra para los rocieros!

San Pablo, en la carta a los Gálatas, nos exhorta a caminar según el Espíritu. El Apóstol nos ha dicho que un camino hecho en el amor de Dios necesariamente es distinto del vivido al margen este amor, como si no existiera. Es la diferencia entre vivir según el Espíritu o según los deseos mundanos. Las huellas que deja un camino u otro son muy distintas.

Hacer el camino de la vida realizando los deseos mundanos deja un rastro bien conocido, tanto en tiempos del Apóstol San Pablo como en los nuestros: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo” (Gál 5,19-20).

Por el contrario, qué diferentes son los frutos de los que hacen el camino dejándose llevar por el amor de Dios que ha sido derramado sobre nosotros con el Espíritu Santo que hemos recibido. “El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Gál 5,23).

“¿Qué hemos de hacer, hermanos?”, es la pregunta de los que escuchan el testimonio de Pedro el día de Pentecostés. Él exhorta a la conversión, como Jesús hizo al comienzo de su vida pública: “Convertíos y creed el Evangelio” (Mc 1,15).

Queridos rocieros, dicho con una letrilla que he oído cantar, “La Virgen quiere que tengas un Simpecao en el alma, que sea tu vida bandera de la fe que tú proclamas, que en el Rocío quisiste tener un corazón sin mancha, la Virgen quiere que tengas un Simpecao en el alma”. La conversión es también el camino del Rocío, que ninguna situación sanitaria puede cerrar, sólo lo obstaculiza la pandemia espiritual del pecado y nuestra flojera para afrontarla.

Testimonio

“Él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio” (Jn 15,26-27).

El evangelio que hemos escuchado atribuye al Espíritu Santo la función de “dar testimonio” en favor de Jesús. También la comunidad cristiana tiene que dar testimonio de su Señor. El testimonio del Espíritu Paráclito y el de los discípulos corren paralelos en cierto modo.

El testigo, frente a un mundo a menudo hostil, necesita del Espíritu Defensor. El testimonio del cristiano está sostenido por el Espíritu Santo.

El mismo día de Pentecostés Pedro levanta su voz ante la muchedumbre para proclamar la salvación por Cristo, para hacerla pública, notoria, oficial. Pedro y Pablo se dirigen a las muchedumbres, o a grupos, hablan al aire libre, en las sinagogas, ante el sanedrín. Pablo se esfuerza por conquistar las ciudades de mayor influencia en su tiempo: Damasco, Corinto, Éfeso, Atenas, Roma. En pentecostés hombres de todas las naciones escuchan la palabra. Llenos del Espíritu Santo los testigos del Señor alzan su voz, proclaman, anuncian, evangelizan. No pueden callarse la salvación encontrada en Cristo.

Los que reciben el Espíritu reunidos con María, la Madre del Señor, tienen la misión de iluminar el pensamiento y orientar el obrar de los hombres en las circunstancias históricas concretas. No podemos quedar al margen y permanecer insensibles ante los graves problemas de un desequilibrio ecológico, o ante las amenazas de la paz social, o frente al atropello de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente de los más pobres o de los inmigrantes. Estamos urgidos a trabajar en favor de la fraternidad y de la amistad social. Además, los cristianos no podemos dejar de prestar especial atención a otros retos, a menudo menos comprendidos incluso impopulares, pero que no pueden desaparecer del compromiso eclesial, como son todas las exigencias que se derivan del respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural.

También hoy, día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, haciendo presente la vocación particular de los laicos en la Iglesia y en el mundo, es muy pertinente recordar a este respecto la enseñanza del Concilio Vaticano II: “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber” (Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, nº 34)

Junto a María, la Santísima Virgen del Rocío, pedimos “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor” (Ant. Magnificat I Vísperas Pentecostés).

Sé el primero en comentar...

Escribe una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada.


*