
A finales de agosto, con túnica y corpiño dorado donde cobija al Dios niño, camina sobre las aguas del Cantil la Esperanza isleña. Deposita en quienes se acercan su mirada serena. Una mirada que se convierte en intenso abrazo de compungida madre, llena de ternura y compasión.
Desciende decidida del nervioso barco, que la trae de regreso del mar para pasear por las calles de la Punta, casa a casa. Ruge con potencia la hélice que, la presteza de su Patrón, hace girar en un sentido y en el contrario, provocando así que el barco se aproxime y aleje a la vez de una orilla en la que no quiere encallar. Momento preciso en el que, gentes de la Punta, se lanzan al agua para que la unión de sus hombros sirva de alfombra a los desnudos pies -como los de cada uno de ellos-, de la Reina del Mar.
Alfombra de hombros aglutinados bajo sus santos pies, para permitirla andar sobre las aguas del Cantil. ¡Ese es el milagro! No un suceso que se produce alterando las leyes de la física; sino la convicción de que solo desde la unión, todos los problemas encuentran su solución. Da igual que el violento viento sea terreño o foreño; que la tormenta sacuda a barlovento o sotavento; el milagro es saber que cuentas siempre con ese brazo amigo de tu vecino, que se estrecha al tuyo para salir adelante. Red de brazos que provocan el milagro del andar sobre las aguas; red de brazos que produce el milagro de la solidaridad y la ayuda mutua, a diario, entre cada vecino.
Y así avanza en su caminar por las suaves olas del Cantil, siguiendo el tapete de hombros, que no dejan de saltar para poder hacer pie y levantar la imagen sobre el agua, … mientras ella sigue repartiendo miradas serenas. Ella, imagen de la Esperanza isleña, del anhelo, de la ilusión. La esperanza siempre se produce en quien espera, sea lo que fuere. Entre algunos de esos hombros y algunas miradas que observan desde la orilla, la esperanza tendrá que ver sobre acontecimientos imposibles que tengan lugar, frutos de una fe ciega pero improductiva, que lleva cada vez más al desconsuelo de sentirse olvidado por quien debería impartir justicia divina.
Para otros, esa esperanza en algo está ligada al compromiso por realizarlo; la esperanza, no del que espera pasivamente a recibirlo, sino del que trabaja a diario para conseguirlo, del que anhela desde la acción constante. Esta igualmente es esperanza, pero productiva; producto no de una fe ciega, sino de una fe creadora. Y esos deseos ellos los ven reflejados también en el rostro de la Esperanza isleña, que avanza por el Cantil para coger la orilla, al son de las afónicas bocinas náuticas.
Alfombra de hombros que permiten el milagro del andar sobre el mar a su Reina. Red de ilusiones y esperanzas que mantienen a flote a quien, con su mirada, reconforta la dura espera. Espaldas también mojadas, como esas que se lanzan a cruzar el estrecho, con la esperanza de entrar en un mundo de mayor prosperidad. Espaldas mojadas, que muchas mueren ahogadas en ese constreñido océano, hundidas por el propio peso de su esperanza, de sus deseos, y de la inacción de quienes -a las puertas de una Europa indolente-, saben de su sufrimiento. Al fin y al cabo, son todas espaldas mojadas, tatuadas de deseos y anhelos, movidas por ver cumplidas sus esperanzas.
El quejido de un fandango solitario, la alegría común de unas sevillana o bulerías, que ponen música a los sentimientos de las gentes de la Punta, anuncia que por fin la Esperanza isleña toma tierra en la orilla del Cantil. Comienza su peregrinar, casa a casa, repartiendo consuelo con su serena mirada a cada plegaria esperanzadora que recibe, cada solicitud imposible que se le envía, erigiéndose como Esperanza viva de toda Isla Cristina.
Así es Cristina, Isla de La Higuerita.
Eugenio Luján Palma – Filósofo


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