
Para quienes padecen alcoholismo, terminar un programa de tratamiento puede ser una experiencia gratificante, pero el alta no significa que la persona esté recuperada ni libre de riesgos.
El alcohol es la sustancia psicoactiva más consumida y aceptada socialmente en España, con más del 90% de la población entre 15 y 64 años que lo ha probado alguna vez. Sin embargo, más del 70% de las personas que concluyen un tratamiento recaen en algún momento, con un periodo medio de abstinencia de apenas seis meses. Incluso dos años después, el cerebro sigue reaccionando a estímulos relacionados con el alcohol, lo que incrementa el riesgo de recaída. Esto demuestra que la adicción no se limita a un hábito, sino que deja huellas profundas y duraderas.
La adicción deja huellas duraderas en el cerebro
El consumo prolongado de alcohol altera de manera profunda el funcionamiento del cerebro. Regiones como la amígdala, la corteza prefrontal y los ganglios basales, responsables de la gestión de emociones, la toma de decisiones y las respuestas al estrés, resultan especialmente dañadas. Además, neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, esenciales en la motivación, el aprendizaje de hábitos y la regulación de estados de ánimo, se ven afectados.
Lo más llamativo es que los efectos no desaparecen cuando la persona deja de beber, sino que se hacen más evidentes: el cerebro, tras años de adaptación al consumo, sigue reaccionando de forma automática frente a olores, lugares o situaciones que recuerdan al alcohol, lo que aumenta el riesgo de recaída.
Según explica el especialista Antonio Peña, «aunque una persona logre dejar de beber, su cerebro conserva esas marcas durante años, lo que exige diseñar estrategias de control y un apoyo continuo que vaya mucho más allá de la abstinencia inicial«.
Antonio Peña, médico de Esvidas es
Riesgo de recaída: Cuando la recuperación necesita más tiempo del previsto
Una investigación realizada por el Hospital 12 de Octubre de Madrid junto con la Universidad Miguel Hernández muestra que el riesgo de recaída en personas alcohólicas sigue presente incluso dos años después de finalizar un tratamiento. Dejar el consumo no significa haber alcanzado la recuperación, ya que fuera del centro terapéutico desaparece la supervisión constante y la persona se enfrenta a la realidad con menos recursos de protección.
Adrián Gallardo, director terapéutico de Esvidas
Adrián Gallardo, director terapéutico de Esvidas, advierte de que «salir del programa no implica estar curado, sino comenzar una nueva etapa en la que es imprescindible mantenerse conectado con la enfermedad». Gabriel Rubio, jefe de Psiquiatría del 12 de Octubre y autor del estudio, insiste en que las estrategias de recuperación deberían ser «sostenidas en el tiempo, al menos durante cinco años, y personalizadas».
En este sentido, es importante que la persona adicta mantenga contacto directo con la enfermedad, aun cuando su ingreso ha finalizado. Por ejemplo, acudir a sesiones de terapia de grupos, como Narcóticos Anónimos o Alcohólicos Anónimos; mantener hábitos de vida saludables, como una dieta sana y ejercicio físico; o cultivar la conciencia de enfermedad a través de lecturas.
Cortisol y señales biológicas, nuevas herramientas para prevenir recaídas
Las investigaciones recientes apuntan a que la hormona del estrés, el cortisol, puede ser una herramienta eficaz para predecir el riesgo de recaída. Incluso después de largos periodos de abstinencia, las personas con historia de alcoholismo siguen mostrando respuestas fisiológicas frente a estímulos relacionados con el alcohol. Este fenómeno, conocido como blunted cortisol response, indica que el sistema de respuesta al estrés permanece alterado y favorece la aparición del deseo de beber.
Medir los niveles de cortisol en saliva, un método sencillo y no invasivo, «podría utilizarse como herramienta para identificar quiénes tienen más riesgo de sufrir recaídas o problemas médicos relacionados con el estrés crónico«, reconoce Jorge Manzanares, profesor de farmacología e investigador en el Instituto de Neurociencias, y, a su vez, diseñar estrategias de recuperación más personalizadas y sostenidas en el tiempo.
Una alerta para las familias y la sociedad: La adicción no se «cura» de golpe
El alcoholismo es una enfermedad crónica del cerebro y no basta con dejar de beber durante semanas o meses para hablar de curación. La abstinencia inicial no borra los cambios que la adicción provoca en la motivación, el control de impulsos y las emociones.
Por eso, el papel de las familias es decisivo. Evitar juicios, fomentar rutinas saludables, reforzar la autoestima y reconocer los logros, por pequeños que sean, contribuye a que el paciente mantenga la motivación y la adherencia al tratamiento.
También la sociedad en su conjunto debe comprender que la adicción no es un problema de voluntad, sino de salud, y que la eliminación de estigmas favorece que más personas busquen ayuda. Como resume el doctor Peña: «La recuperación no se basa únicamente en dejar de beber, sino en un acompañamiento constante, estrategias sostenidas en el tiempo y un entorno social que ofrezca comprensión y apoyo».


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