
La Catedral Metropolitana de Buenos Aires acogió este domingo una Misa Pontifical Rociera que ya forma parte de la historia de la devoción a la Blanca Paloma. Como colofón del I Encuentro Continental del Rocío en América, la celebración supuso la culminación de un programa de actos que ha consumado un anhelo largamente sentido por miles de rocieros del continente americano, el abrazo definitivo entre dos orillas unidas por una misma fe.
Por primera vez, la devoción rociera encontró en el corazón espiritual de Argentina una expresión pública y compartida de una dimensión histórica. Lo vivido en la Catedral Metropolitana supone un reconocimiento a la fidelidad y el trabajo callado de tantas agrupaciones y asociaciones que, desde hace décadas, han mantenido viva la llama del Rocío en América y confirmando, también, que esa semilla de fe, sembrada generación tras generación desde el norte hasta el sur del continente, ha echado raíces hondas y ha dado fruto en forma de hermandad.
La jornada comenzó bajo un cielo luminoso en una Plaza de Mayo despejada. En el patio del Cabildo se respiraba un ambiente distendido, cargado de expectación y alegría serena. Los trajes de corto y de flamenca, los sones de los tamboriles, la presencia de curiosos que se acercaban a contemplar la escena y la preparación en el exterior del Regimiento de Granaderos a Caballo componían una estampa de una belleza singular, en la que Buenos Aires se dejó abrazar para vestirse de Domingo de Rocío. Desde allí partió la comitiva hacia la Catedral Metropolitana en un recorrido que supuso una verdadera afirmación pública de identidad. Banderas de los países representados por las agrupaciones y asociaciones participantes acompañaron a sus simpecados en un cortejo en el que también estuvieron presentes distintas imágenes marianas vinculadas a la devoción rociera en América.
El Simpecado de la Hermandad Matriz de Almonte cerraba el cortejo en un recorrido que los llevó a rodear la Plaza de Mayo, en medio de rostros marcados por la ilusión y el asombro al ser conscientes de estar protagonizando una página irrepetible.
La llegada a la Catedral confirmó la magnitud del acontecimiento. El templo presentaba un lleno absoluto, al igual que sus escalinatas de entrada, colmadas de fieles y asistentes que se agolpaban para presenciar el paso del Simpecado de la Matriz, el último en acceder al templo, entre vivas a la Virgen del Rocío, a la Patrona de Almonte, a Argentina y a los rocieros de América. Ya desde ese instante se hacía evidente que la liturgia y el sentimiento popular se iban a entrelazar con una intensidad difícil de describir.
Homenaje al Papa argentino en su catedral
Ningún escenario podía ser más elocuente para este tributo. La Catedral Metropolitana de Buenos Aires, donde Bergoglio fue arzobispo entre 1998 y 2013 antes de su llamamiento a Roma, acogió la primera Misa Pontifical Rociera celebrada en Argentina precisamente cuando se cumple un año exacto de su fallecimiento. La devoción a la Blanca Paloma, tan próxima al concepto de piedad popular que el Papa defendió como alma de la Iglesia latinoamericana, cruzaba así el Atlántico para llevar a la práctica su proclamada Cultura del Encuentro.
La eucaristía estuvo presidida por el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, que en su homilía construyó un puente entre los rocieros y la Argentina de hoy. Recordó que durante la pandemia, cuando todavía era obispo de Río Gallegos, descubrió por YouTube lo que significaba la fiesta de la Virgen del Rocío en torno a Pentecostés y que aquella devoción le pareció «una expresión de fe tan contundente, tan impresionante, tan única» que no dejaba de conmoverle poder celebrar esta Eucaristía con los devotos de la Blanca Paloma.
El mensaje central, sin embargo, lo reservó el arzobispo para señalar el modo en que los rocieros integran a un pueblo entero detrás de una devoción compartida. «Ustedes saben lo que es integrar a todo un pueblo detrás de la devoción a la Virgen, porque no piensan todos igual, no son todos iguales y sin embargo son hermanos», afirmó antes de lanzar el aviso que hizo estallar la catedral en aplausos, «tanto de eso tenemos que aprender los argentinos, aprender a ser hermanos más allá de nuestras diferencias». Recogiendo aquel deseo de Juan Pablo II en su visita a la aldea, García Cuerva comprometió a la comunidad andaluza en Argentina –la más numerosa del país– y a todos los devotos de la Blanca Paloma a que «Argentina sea rociera», porque, remató, «necesitamos de María, necesitamos de la fraternidad, necesitamos de la alegría de todos los devotos».
Lo que siguió fue una sucesión de escenas de una emoción desbordada que culminó en un momento final que difícilmente podrá olvidarse. El de la Salve Rociera de Manuel Pareja Obregón cantada por todos los coros que participaron estos días en el encuentro, acompañados por los tamborileros de la Matriz, que hizo vibrar las naves del templo hasta el punto de que el propio arzobispo, visiblemente conmovido, pidió que el canto continuara. En una imagen absolutamente inédita, espontánea e irrepetible, comenzaron a bailarse sevillanas a los pies del altar de la Catedral Metropolitana.
Gratitud al Papa Francisco y a la Iglesia argentina
Ese clima de comunión encontró también una expresión muy significativa en las palabras pronunciadas al finalizar la eucaristía por Santiago Padilla Díaz de la Serna, a petición de García Cuerva. En su intervención, Padilla reivindicó el gran mapa de devociones marianas que recorre el continente «desde Guadalupe hasta Luján y la Virgen del Buen Aire», y agradeció de manera muy especial a monseñor García Cuerva haber integrado esta Eucaristía en el programa de recuerdo al Papa Francisco en el aniversario de su fallecimiento. Sus palabras, profundamente sentidas, tuvieron también un tono de agradecimiento a la acogida pastoral dispensada a las hermandades y asociaciones rocieras de América, poniendo en valor la necesidad de que esa fe popular siga siendo cuidada por la Iglesia. La celebración culminó con la bendición de un memorial dedicado al Papa Francisco, ubicado tras el altar mayor de la Catedral.
El I Encuentro Continental del Rocío en América dejó en Buenos Aires la firma del Manifiesto de Rocieros de América, la constitución de la Red Panamericana de Asociaciones Rocieras, un azulejo de la Blanca Paloma en el Patio Andaluz del Parque Rosedal y la primera Misa Pontifical Rociera celebrada en la Catedral Metropolitana. Ocho siglos después de que empezara a venerarse a la Virgen del Rocío, aquella devoción ha cruzado el Atlántico para reunir por primera vez a los rocieros de siete países, rubricar un compromiso común con la Matriz y llenar la cúpula del templo primado de Argentina con los sonidos y los colores de la aldea almonteña.


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