
El rechazo a la idea de progreso histórico y sus beneficios sociales por parte del espíritu de la vanguardia era tomado como una ofensa por la sociedad decimonónica. Y a pesar de que algunos grandes artistas han tendido un puente entre la tradición y el arte de su tiempo, el divorcio continúa existiendo.
Dentro del marco del siglo XIX, dominado por una burguesía ostentadora del poder político-económico, confiada y convencida de ser la legítima heredera de la esencia de la sociedad, que se apoya en sus privilegios heredados, que se consagra a la Razón y rinde pleitesía a la Ciencia; inmerso en un optimismo desbocado en el progreso tecnológico, sin fronteras, que llevará, inevitablemente, creen, al hombre, a una sociedad feliz e ideal, era natural el nacimiento de un movimiento de nuevo signo que removiera los cimientos adormecidos de la vieja sociedad.
Sin embargo ,algunos intelectuales, veían en esta revolución naciente un retroceso al avance sin fin de una sociedad que caminaba hacia su meta. Esa fue la actitud de Flauvert ante los acontecimientos de la comuna de París en 1870.
El espíritu nuevo rechaza y duda del progreso científico y se refugia miedosa en el sentimiento y en el misterio. Sufre la tensión entre el deseo de felicidad, de libertad y la realidad dolorosa del hombre en la tierra, de su soledad radical, de sus frustraciones, de su conciencia de ser y no poder ser, de realizarse en un mundo injusto que, ciego, confía en un ideal utópico de progreso. Así pues, el arte debe encender la llama que ilumine el interior del hombre desde sus raíces esenciales y ser reflejo fidedigno de esa realidad.
No obstante, la literatura contemporánea, manifiesta el contraste entre el deseo de poder ser y la imposibilidad de realización por las imposiciones del mundo en el que se mueve el hombre. En el fondo hereda el espíritu romántico.
Giménez Caballero, en 1934, destaca de las vanguardias, las siguientes características:
Anti-romántica, anti-retórica, anti-política, anti-plebeya, anti-patética, pro-cinema, pro-sport, pro-circo, pro-alegría, pro-juego, pro-matemática; realistas, escabrosos, inhumanos.
El siglo XX se acelera vertiginosamente, al ritmo de guerras, cambios sociales, nacimientos ideológicos, desarrollo de una nueva ciencia…
A partir de la segunda guerra mundial el mundo occidental queda dividido en dos grandes bloques: el capitalista y el comunista, que provoca angustia y tensión. A partir de los 60 el comunismo irá transformándose hacia posiciones menos radicales. Los partidos socialistas europeos abandonarán sus presupuestos iniciales y evolucionarán hacia la social-democracia.
Aparece una nueva burguesía que, en un marco diferente, concede a los obreros mejoras salariales, seguridad social…Surge la “sociedad de consumo”.
El escritor, como todo artista, hijo de su tiempo, refleja esta realidad.
Desde el descontento del artista romántico, con sentimientos de marginación, soledad y angustia, hasta la búsqueda de una playa segura ajena a la realidad insatisfactoria para sustituirla por un mundo bello y utópico.
En el fondo, el escritor del siglo XX, se sitúa en un neo-romanticismo; intenta destruir las columnas del templo idolatrado para establecer siempre una nueva estética.
La angustia recorre buena parte de la literatura que conduce al existencialismo. Se hará patente a principios de siglo y en las cercanías de las dos guerras mundiales. El mundo, ajeno al hombre, cada vez más, no tiene rumbo seguro. Como respuesta y para buscar una salida busca refugio en la religión, donde la transcendencia salvará al hombre atribulado de materialismo y de tristeza. No obstante, también, la religión es vivida como ansiedad, como conflicto, como drama.
La democracia y con ella la participación ciudadana en los asuntos generales, sirve de coartada para crear la falsa ilusión de que es el pueblo quien rige, verdaderamente, su propio destino, cuando, realmente, es el poder oculto del dinero y de los poderosos los que mueven, en la sombra, sutilmente, los nacionalismos o la guerra.
Sin un concepto definido del ser humano y de la historia, los creadores, atónitos,no pueden mirar a otro lado e inhibirse. Esa angustia preñada de frustración mueve pacientemente, los hilos del presente y del futuro.
Si la burguesía proclamó los ideales de igualdad, libertad y fraternidad, pronto los traicionó. Esos mismos ideales creados por ella, fueron utilizados en su contra por sectores desfavorecidos o por intelectuales burgueses que la niegan y traicionan; pero la misma vitalidad burguesa asimila los ataques, se adapta, hace concesiones, sobrevive…El capitalismo en lugar de firmar su acta de defunción, como algunos predicaban, creando una sociedad más igualitaria y sin clases, aparece de nuevo desde el mismo proletariado que crea una nueva burguesía; los intelectuales pierden la fe en ideales revolucionarios o carecen ya de esos mismos ideales. Los antiguos paradigmas burgueses reinan de nuevo: el individualismo, la competencia, la iniciativa privada o el libre mercado; arquetipos que pasan ya a formar parte del nuevo socialismo evolucionado o socialdemocracia. La sociedad, no obstante, sigue sufriendo problemas internos irresolubles. El avance de la tecnología, imparable, no se ve acompañado por un avance paralelo en lo social ni en lo moral. La sociedad tecnificada desarrolla nuevos tentáculos para seguir dominando. La alfabetización y la extensión de la cultura a prácticamente todas las clases sociales con la aplicación de la escolaridad obligatoria, no hace al hombre más independiente ni más libre.
La literatura huye del compromiso para refugiarse, cobardemente, en los dulces brazos de un neoprogresismo vacío de auténticos de valores. El hombre retrocede, desorientado, y no sabe ya, en el viaje de su vida, en qué estación establecer su destino.
JOSE BAENA ROJAS
Punta Umbría


Escribe una respuesta