
EUGENIO LUJÁN PALMA
Mar y cielo se unen en una línea alrededor de tu cintura, formando el horizonte. Cielo claro y luminoso que, como amplias pupilas, refleja los diferentes tonos de un plateado mar azul. Bravío a veces, como hijo del Atlántico; tranquilo en otras, recordando que es la puerta del Mediterráneo; ofrece siempre sus riquezas a las trabajadas manos de marineros y mariscadores.
Manos marcadas por el mar y por la tierra, en su afán de sacar adelante cada esforzado día. Manos de temporera, que desde la madrugada luchan entre las ramas de los frutales buscando el más anaranjado brillo del fruto colgado. Manos también de albañil, perdidas entre carambucos y masas de yeso.
Con sus inquietos pies, se la ve bailando acompasando la cadera en la orilla de las playas, para sacar de su encierro a las escondidas coquinas. Surcos torcidos escritos a golpe de cadera durante décadas, que han grabado la tradición de una Higuerita mariscadora en cada uno de sus hijos. Pies que también caminan desde la madrugada, con la cadencia del temporero, enraizados en la áspera tierra de la vieja Redondela.
Playas kilométricas de fina arena, decorada por infinitas conchenas que, suave como tu piel salpicada de incontables lunares, acoge en su regazo el descanso estival de quien busca relajarse entre espumas y brisa marina.
Así es Cristina, la Isla que fue. Protagonista también de malas decisiones, que la llevaron no pocas veces a perderse en el mundo de la satisfacción inmediata; forzando el olvido de sus problemas desde el consumo adictivo de ese polvo blanco, que como albiñoca traicionera, la enganchaba una y otra vez al anzuelo de la dependencia.
Así es Cristina, la Isla que fue. Y que hoy debería mirar a las generaciones pasadas, esas que aprendieron que ser una isla no es vivir a-isla-da (actitud que conlleva decadencia y destrucción); sino que toda isla es siempre lugar de encuentro, de intercambio de productos e ideas. Entendieron que el avance está en la fusión de tradiciones y culturas. Y así, de ser la avanzadilla de pescadores catalanes, pasó a convertirse en pionera de la conserva y el salazón, o de la almadraba atunera. Sin olvidar que su rica gastronomía es la síntesis entre definidas propuestas mediterráneas, con las más propias del atlántico; o del folklore, que con tanta pasión vive en cada estación del año, donde el Carnaval o la Semana Santa son pruebas de esa fusión que siempre enriquece.
Así es Cristina, la Isla que fue. De arraigo andaluz, con rasgos onubenses, pero donde la piel cetrina es común; donde por doquier aparecen acentos gallegos, vascos o castellanos en sus diferentes dialectos, o se escucha hablar en marroquí o en árabe. Una fusión de culturas y de etnias que ha sido y siempre será el motor de su desarrollo. Pronto reconoció la muerte en el a-isla-miento; y la esperanza y el desarrollo en la mezcolanza. Algo que hoy, los nietos de aquellas generaciones pasadas de marineros y estibadoras, han olvidado. Da igual que seas de “allá arriba” o de las Palmeras, de la Punta o del Barrio de San Francisco: eres isleño, hijo de la fusión de personas y culturas.
Así es Cristina, la Isla que fue. Y a la que debemos perseguir para volver a hacerla grande, limpia y acogedora, como “esa perla que brota del mar”. Donde no se pregunte más de dónde eres, sino qué me aportas. Donde todos encuentren el cobijo que, durante décadas, la permitió ser lugar predilecto de descanso, destino preferido para disfrute de los sentidos, perla onubense codiciada y deseada, primer puerto pesquero de Andalucía.
Ella es Cristina, Isla en su momento, conocida también como La Higuerita.
Eugenio Luján Palma es Filósofo


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