
Miles de peregrinos y miembros de hermandades llegadas desde distintos puntos de España han participado este domingo, 24 de mayo, en la celebración de la Solemnidad de Pentecostés en el Paseo Marismeño de la aldea del Rocío. La eucaristía ha estado presidida por el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, quien ha centrado su homilía en la necesidad de fortalecer la unidad y la convivencia social desde la acción renovadora del Espíritu Santo.
Tomando como punto de partida el relato bíblico de Pentecostés, el prelado ha recordado que “allí donde Babel había dividido, el Espíritu Santo une”, destacando cómo «la presencia de Dios es capaz de derribar barreras y generar comunión entre personas y pueblos diversos».
Durante su predicación, Gómez Sierra ha señalado que la sociedad actual vive una paradoja: «a pesar de encontrarse cada vez más conectada tecnológicamente, experimenta con frecuencia situaciones de soledad, incomunicación y dificultad para el entendimiento mutuo». Ante esta realidad, ha subrayado que España y Europa necesitan hoy espacios de encuentro que favorezcan el diálogo, el respeto y la búsqueda del bien común.
En este sentido, ha afirmado que la verdadera unidad no consiste en eliminar las diferencias, sino en armonizarlas, reconociendo la riqueza que aportan a la convivencia. Frente a las dinámicas de confrontación que afectan a la vida social, ha invitado a cultivar actitudes de escucha, comprensión y perdón, recordando que “el demonio divide; el Espíritu Santo une”.
La celebración rociera ha sido presentada como una expresión concreta de esa fraternidad que nace de la fe. Personas de distintas edades, procedencias y condiciones comparten durante estos días el camino, la oración y la convivencia en torno a la Virgen del Rocío. “Aquí percibimos la unidad feliz que anhelamos para nuestro caminar por este mundo”, ha señalado el obispo durante la homilía.
Asimismo, ha destacado la importante labor que desempeñan los fieles laicos y las hermandades como agentes de cohesión social y de esperanza, especialmente en un contexto que, en ocasiones, se ve afectado por el enfrentamiento y la falta de entendimiento. Su compromiso cotidiano, ha indicado, «contribuye a construir comunidades más fraternas y abiertas al servicio de los demás».
La homilía ha concluido con una invitación a llevar el espíritu vivido en El Rocío a la vida ordinaria, haciéndolo presente en las familias, los pueblos, los lugares de trabajo y las comunidades cristianas. Un llamamiento a promover una «auténtica cultura del encuentro», basada en «la reconciliación, la solidaridad y el compromiso con el bien común».
La Solemnidad de Pentecostés ha coincidido además con la celebración del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, que este año se desarrolla bajo el lema “Pueblo de Dios que sale al encuentro”, recordando la vocación misionera de todos los bautizados y su responsabilidad en la transformación evangélica de la sociedad.

Homilía íntegra del obispo de Huelva
«¡Qué hermoso es contemplar esta mañana nuestra asamblea a las puertas del Santuario Nacional de Nuestra Señora del Rocío! La marisma se abre ante nosotros como un inmenso santuario de luz, y este presbiterio rodeado por los Simpecados de la Hermandad Matriz y de las hermandades filiales parece ya una imagen visible de Pentecostés.
Cada Simpecado trae un camino, una historia, hombres y mujeres detrás, haciendo caminos diferentes. Sí, distintos colores, distintos pueblos, distintas voces; pero una sola fe, y un solo corazón reunido en torno a nuestra Madre, para recibir el don del Espíritu Santo.
Hoy la Iglesia celebra Pentecostés. Y no es casualidad que el Rocío alcance su plenitud precisamente hoy. Porque Pentecostés es la fiesta de la unidad, que sólo Dios puede realizar.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta una escena extraordinaria: hombres y mujeres de pueblos diferentes, lenguas distintas, culturas diversas, escuchando hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua (Hch 2, 11). Allí donde Babel había dividido, el Espíritu Santo une. Allí donde el pecado había dispersado, Dios vuelve a congregar.
Y esto responde a una necesidad apremiante para nuestro tiempo.
Porque vivimos en una cultura que habla de solidaridad y unidad, pero que a menudo produce fragmentación. Se nos dice que estaremos unidos por la tecnología, por los mercados, por las ideologías, por las emociones compartidas, por las redes sociales, por el entretenimiento global. Y, sin embargo, con frecuencia estamos marcados por la soledad, por la división y por la incapacidad de escucharnos.
Por eso nuestro mundo tiene necesidad de una unidad que no destruya las diferencias que nos dignifican, sino que las armonice. Es la aspiración por una comunión que no sea uniformidad.
Y precisamente eso es Pentecostés. Esa es la obra del Espíritu Santo. Ese es el testimonio y el servicio que puede ofrecer la Iglesia a la sociedad.
La unidad cristiana brota de unas fuentes específicas:
La primera fuente es el Espíritu Santo. Él es el alma de la Iglesia. Él crea comunión donde humanamente sólo habría distancia. Por eso San Pablo dice: todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo (1Cor 12, 13).
La segunda es la Eucaristía. El mismo Apóstol lo dice con claridad: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan (1Cor 10, 17). Cada vez que nos acercamos al altar, aquí y ahora, participando con fruto de este sacramento, Cristo derriba fronteras invisibles: las del orgullo, las de la indiferencia, las de las heridas acumuladas.
La tercera fuente de la unidad es la misma fe recibida de los Apóstoles. El Credo compartido, esa historia de salvación en curso, une más profundamente que cualquier identidad política, social o nacional.
Y la cuarta es la caridad. Porque la Iglesia no permanece unida por estrategias, sino por los santos tantas veces anónimos y silenciosos. La verdadera unidad se construye cuando alguien perdona, cuando alguien sirve, cuando alguien escucha, cuando alguien renuncia a imponerse, cuando alguien se sabe amado inmerecidamente por Dios y responde amando y buscando el bien del otro.
Bebiendo de estas fuentes, la Iglesia puede mostrar al mundo que la reconciliación y la unidad entre las personas y los pueblos es posible.

Queridos rocieros:
La Blanca Paloma nos permite experimentar esta verdad. Qué impresionante es ver en torno a Ella cómo personas tan distintas caminan juntas, rezan juntas, cantan juntas, comparten agua, comida, cansancio, incomodidades y alegría.
Y quizá por eso el Rocío toca tan profundamente el corazón de la gente. Porque aquí percibimos —aunque sea de manera imperfecta y pasajera— la unidad feliz que anhelamos para nuestro caminar por este mundo y, entonces ya sin esfuerzo, para la vida sin fin en las marismas eternas.
Aquí muchos descubren algo que con frecuencia el mundo olvida: que hay más alegría en dar que en recibir (Hch 20, 35).
Qué providencial es este encuentro multitudinario en Pentecostés, porque la Virgen María emerge siempre allí donde el Espíritu recrea una humanidad nueva y reconciliada.
Ella estaba en el Cenáculo con los Apóstoles cuando descendió el fuego del Espíritu Santo. Y hoy sigue reuniendo a sus hijos en un renovado Pentecostés.
María nos lleva hacia el Pastorcito Divino, Cristo, para unirnos. Ante la Virgen desaparecen muchas barreras: el rico y el pobre; el anciano y el joven; el que está instruido y el que apenas puede rezar; el que llega lleno de fervor y el que acude con más indiferencia. Todos son acogidos por la dulce mirada de nuestra Madre, basta que te acerques y la mires a Ella.
Y por eso hoy, que también celebramos el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar con el lema: Pueblo de Dios que sale al encuentro, quisiera pediros tres compromisos o promesas, que podemos poner a los pies de la santísima Virgen del Rocío:
Primero: custodiar la unidad que Dios nos regala. No alimentar divisiones inútiles, enfrentamientos permanentes ni sospechas constantes. El demonio divide; el Espíritu Santo une.
Segundo: volver a la fuente de la unidad que es Dios. Más oración. Más Eucaristía. Más confesión. Más escucha de la Palabra de Dios. Ninguna estrategia humana, que pretenda la unidad y la solidaridad en el mundo, sustituye la conversión personal del corazón bajo la acción del Espíritu Santo.
Y tercero: llevar el espíritu del Rocío a la vida cotidiana. Que esta peregrinación no se reduzca a la hermosa emoción de unos días. Nuestra sociedad necesita cristianos capaces de crear comunión en las familias, en los pueblos, en los trabajos, en las parroquias, en una convivencia tantas veces deteriorada.
Queridos hermanos: que el Espíritu Santo nos transforme.
Que la Virgen del Rocío nos enseñe a caminar por la vida juntos.
Unidos a toda la Iglesia, con María, la Virgen del Rocío, elevemos nuestra súplica al Espíritu Santo, con las palabras de la Secuencia:
Por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén



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