
Andamos transitando por la segunda más larga y tediosa campaña electoral de los últimos seis meses. De nuevo, los descarnados intereses personales de los candidatos (Sí, he dicho personales, ni partidistas ni políticos. Personales) nos agreden desde todos los espacios mediáticos posibles: televisiones, emisoras de radio, publicidad estática, internet en sus múltiples formas, prensa diaria y semanal… No existe plataforma que no se haya convertido en cómplice de todo este insoportable tinglado. Eso sí, todos declararon que entendían nuestro cansancio y que efectuarían una campaña circunscrita al período oficial, breve y comedida.
De alguna forma, y es una sensación que cada vez está adquiriendo más solidez y realidad, la democracia de baja intensidad que nos acoge ha facilitado que los ciudadanos, a ojos de los interesados candidatos, nos hayamos convertido en un poderoso comité. Un inmenso tribunal seleccionador que ha de elegir a quienes van a gozar de un elitista puesto de trabajo durante los próximos cuatro años. Claro está, si son capaces de configurar una estructura gobernante estable. Que está por ver.
Y, para peor, siguen sin contar con nosotros a la hora de elegir a los preseleccionados. No sabemos nada de ellos y ni siquiera contamos con información fiable de sus aptitudes, de su preparación, de su capacidad o de su talante. Nos han venido dados en una listas que han elaborado los jefes máximos de las empresas políticas que compiten. Jefes a los que sí que conocemos pues son los que optan a situar el mayor número de adictos e incondicionales en los escaños de ese finalista consejo de administración en que se está convirtiendo el Legislativo. Y su trabajo es, precisamente, convencernos. A fin de cuentas, me temo, lo que les interesa es que olvidemos la realidad: que nuestro voto solo sirve para elegir a una serie de burócratas que aprieten obedientemente un botón. Que han sustituido la ventanilla de Larra por un sillón con pulsador, ordenata, iPad y smartphone. Eso sí, no han prescindido del “Vuelva usted mañana” que ahora se dice de otra forma: “En la próxima legislatura si conseguimos el poder”. O, como decía el famoso lobo de Chumy Chumez: “El año que viene si dios quiere”.
¿Y cual ha sido el criterio que han manejado esos jefes que tanto se juegan para seleccionar a sus acólitos? Pues el de la probada fidelidad a su superior o el la sumisa permanencia en alguna o algunas de las diversas células o departamentos del entramado piramidal de la Empresa. Por supuesto también pesa el mérito interno, la no conflictividad competencial y la fe ciega en eso que tan ambiguamente llaman Partido. Y cualquier otro mérito en esa línea pero que nada tenga que ver con la idoneidad específica y objetiva, el criterio fundamentado (eso es algo muy peligroso: la opinión propia resta muchos puntos) o el trabajo real y de campo. Estos ejecutivos políticos practican avant la lettre la regla de oro de Lenin: “La confianza es buena pero el control es mejor”
De hecho, a la inmensa mayoría de componentes de esas listas, de cualquier partido, fuera de su organización doméstica no los conoce nadie. Bastantes de ellos han tenido que mirar en un mapa la situación y característica de la provincia por la que optan a ser representantes. Son la nueva clase de cuneros, casi transportados desde el siglo XIX hasta hoy. Y de los que no han tenido que realizar ese ejercicio, solo unos muy pocos conocen verdaderamente sus demarcaciones y son reconocidos por sus electores. No por todos sus electores ni por la calle, claro, sino ni siquiera por un puñado de ellos.
Por supuesto, a los señores, a los líderes que confeccionan las listas, los conocemos todos. De hecho ya son tan cercanos, han conseguido infiltrarse tan obsesivamente en nuestra realidad, que los sentimos más nuestros que a algunos miembros de nuestra familia. Los tenemos al lado, virtualmente, escuchándolos y viéndolos desde la mañana a la noche. Y eso que todavía no estamos en campaña. Imaginen como será todo esto cuando la realidad virtual se popularice. Piensen lo que puede llegar a ser llevar por todas partes, a nuestro lado y en tres dimensiones al señor Sánchez, Rajoy, Iglesias o Rivera intentando convencernos con tan huecas mentiras como ahora de que su opción es la mejor. Ni Ray Bradbury lo hubiera imaginado!
PACO LOPEZ VILLAREJO
Doctor en Historia. Consultor cinematográfico


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