
Cuando dice Carlos Cuesta que Podemos es una gran mentira es como cuando considera Colau terrorífico para la democracia que los españoles no voten a Podemos. Dos afirmaciones opuestas igual de preocupantes. Que Podemos no es una mentira, es evidente: setenta y un escaños, con las confluencias, lo certifican como algo cierto; y que a la alcaldesa le parezca pavoroso que no se les vote, pues quizás lo que le dá pánico es pensar que pueda perder lo que tiene y que ni imaginaba iba a tener. Ambos forman parte de las continuas y sucesivas cortinas de humo que estos interesados y bisoños profesionales de la política y sus aledaños esparcen para justificar su inanidad, su negligencia o su incapacitante egoísmo en el que lo que cuentan son sus ambiciones personales y no el beneficio o el interés de los paises o instituciones que representan.
En este sentido, observen el didáctico ejemplo que nos ofrece Gran Bretaña. Empujados los ciudadanos a un referéndum absurdo por el particular interés de Mr. Cameron, han reaccionado de la peor manera posible. Con el triunfo de la opción Brexit se ha puesto en marcha un mecanismo que dará lugar a una serie de indeseadas consecuencias. Y aunque no voy a entrar en detalles ya ampliamente conocidos, sí quiero llamar la atención sobre dos sucesos que ilustran con meridiana claridad sobre el talante de la clase política que nos gobierna, tanto a los ingleses como a nosotros: La negativa de Boris Johnson, el conservador alcalde de Londres, a suceder a Cameron y la dimisión de Nigel Farage, del UKIP, ambos virulentos defensores de la salida de G.B. de la Unión Europea. Como dijo Juncker, «Los alegres héroes del Brexit de ayer son ahora los tristes héroes de hoy. Aquellos que han contribuido decisivamente a esta situación en el Reino Unido, han dimitido». Es clarificador el ejemplo. Son magníficos para provocar tormentas pero cuando hay que mojarse y asumir responsabilidades y consecuencias, huyen. Inevitablemente me recuerda la afirmación popular: ‘Las ratas son las primeras en abandonar un barco que se hunde’.
Y no quiero decir que Gran Bretaña sea un barco a pique, a pesar de las bajadas de rating que lleva a cabo Fitch, de la devaluacion de la libra, que puede alcanzar a la paridad con el dólar y de los inquietantes movimientos xenófobos que están apuntando en ese país. Pero si es cierto que, por encima de su status especial dentro de la familia europea -y de las continuas concesiones y privilegios que esta familia ha ido concediéndole-, los ingleses nunca se han sentido verdaderamente implicados en el proyecto Europa. Ha primado su vocación filibustera, el espíritu de Drake y el lado oscuro de su historia: su ‘corazón de las tinieblas’, con permiso de Conrad. De hecho, se refieren a nosotros como el Continente, con ese aire, a veces nada sutil, de superioridad que no ha tenido nunca correspondencia: nosotros no les denominamos la Isla, pongo por caso.
Desde el uno de enero de mil novecientos setenta y tres en que el Reino Unido ingresa en la estructura europea, trece años antes que España, ha ido consiguiendo excepciones a su implicación total que han ido desde la no adhesión al Espacio Schengen hasta rechazar incluirse en la moneda europea. Eso sí, sus cuotas de representación en todos los organismos no han sufrido merma alguna, ni tampoco los beneficios inherentes a su pertenencia a la Unión.
Con todo, y a pesar de las renuencias de Francia que se opuso durante años a su ingreso -es aceptada trece años después de la firma del tratado de Roma- Gran Bretaña ha ido consiguiendo arañar pasito a pasito cada vez más privilegios y excepciones de una UE que temía tambalearse si el gigante británico se iba. Y se ha ido. Cumpliéndose una vez más la popular sentencia de que cuanto más te encojas más se crece tu adversario, el Reino Unido, mostrando claramente su desunión, se ha marchado. Y, ahora, Mr. Cameron, el sembrador de vientos, ha recogido una tempestad que lo barre a él , que despierta al aparentemente domesticado monstruo de la independencia de Escocia e Irlanda del Norte y que pone a Gibraltar en una situación de conflicto económico, territorial y político. Ni los trece primeros años de rechazo, ni los cuarenta y tres años de ser Europa, ni los más de cinco de horror de la guerra contra Hitler para cuya no repetición se concibe la Europa unida, han pesado lo suficiente en su clase política que, finalmente y en un alarde de equivocado pragmatismo personal, ha conseguido lo que parecía imposible: que el edificio europeo comience a erosionarse.
El Continente se ha quedado aislado, no al revés, por supuesto. Y en este aislamiento, o comenzando a asumirlo mientras ellos deciden activar la separación real, los pobres europeos intentamos sobrevivir frente a la desgracia de su pérdida. Solo somos 27 ya y con los problemas propios de una familia numerosa que quiere seguir adelante y prosperar a pesar de todo. La Gran Bretaña, tras casi medio siglo de limitaciones ha conseguido recuperar la libertad y podrá volar sola, mejorar y hasta intentar resucitar el tan socorrido y añorado espíritu del Imperio. En fin, por el momento, Good bye and Good luck!
PACO LOPEZ VILLAREJO
Doctor en Historia. Consultor cinematográfico


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